LA ERMITA
La ermita de la alquería acoge aunque no sea del todo cierta, ilumina el tránsito del viajero que tras su paso se llevará en el corazón racimos de serenidad alpujarreña que permanecerá en su interior imborrable como un recuerdo amable lleno de paz que renueva almas.
Quisiera decir tan solo un hasta luego y sin duda si así lo ha sentido será en el futuro deseo satisfecho del visitante, volver, como fruto maduro llegará.
Hay un espacio cancela ahí afuera bajo un cielo sereno que cae nocturno bajo la luz de un farol, algunas casas perdidas entre el paisaje, uno y más pueblos colgados a lo lejos, una silla vacía, un perro, una sombra al amparo del color del silencio en el estío y todos los trinos de los pájaros, por la noche se rebelan uno a uno cien coros de grillos, finalmente al unísono se adueñan de su canto negro y muestran todas las estrellas de su cielo, no queda espacio entre lo más oscuro, lo más terreno, el dolor callado y ese amor tan cierto que estalla en perfume de nardos, que no se rompa o inundará arroyos y se alborotarán las acequias y los valles y amantes de esta tierra, guárdalo contigo y conmigo.
Quédate a mi vera, silencio, yo te observo también callado en tu propia morada mientras respiro un aire lento de poesía en este instante tan preciso, la tarde se deshace como el calor de agosto que se asoma sin querer mientras un sudor de seda resbala en la piel de las rejas, las cruces se encienden acaloradas y se apagan las últimas velas, tan solo se escucha el vuelo de las abejas al sol y el canto amigo de la noche cuando llega, la más cierta.
Detenido el tiempo en este rincón, tranquilamente entre el horizonte, el sol y los grillos de la noche.
En la Alquería de Morayma (Cádiar-La Alpujarra-Granada), 20 de agosto de 2011
© Carles Gracia Escarp





La Iglesia de San Antonio de Padua en Frigiliana es un pequeño templo parroquial datado en 1676 que llamó mi atención durante mi breve paseo para el recuerdo por este pueblo de la Axarquía malagueña, quisiera dejar constancia de esta iglesia hermosa en su sencillez, la fachada de la iglesia de San Antonio es una seña de identidad de Frigiliana como parte integrante de un paisaje cultural, la Axarquía. El interior de la iglesia presenta una planta de cruz latina con un coro en alto a los pies. La cubierta de la nave central, al interior, está resuelta a la usanza de la arquitectura mudéjar.
Destacaría la luz especial del conjunto y también la de sus imágenes religiosas símbolo de fe para el creyente y al tiempo elementos que cautivan con su belleza al simple observador de a pie, por el valor de las tallas como objeto de arte, sin duda un buen momento para el recogimiento y un descanso en el paseo por el caprichoso laberinto de aire moruno de las calles antiguas de Frigiliana.








Hacía tiempo que le debía un espacio en el blog al pueblo malagueño de
Sus casas encaladas, las calles empedradas, cada rincón de Frigiliana está llamado -en el momento más inesperado- a jugar su papel de protagonismo fundido precisamente en la luminosidad del cielo de la Axarquía que lo envuelve todo. El respeto por la arquitectura tradicional y su cuidada recuperación en el núcleo antiguo del pueblo, el mimo con el que se realzan los detalles en el paisaje cotidiano, la inolvidable y entrañable visita a la cálida iglesia de San Antonio de Padua a la que le dedicaremos el próximo post con algunas fotos, en fin, mil y un pequeños tesoros en sus calles. Como a pesar de los cuidados siempre hay cosas mejorables, mencionar que no estaría mal acondicionar mejor los antiestéticos cables eléctricos que cruzan por el aire entre las casas algunas de sus calles más bellas, ya puestos a embellecer todo es posible. 












Detalles limpios de Córdoba que reflejan la alegría y el gozo, la sencillez y la delicadeza, que hablan del equilibrio y de la fuerza, de algunas razones por las que la misma vida vale la pena; como una canción, como un aroma o un sabor, como un paisaje, como una emoción por descubrir, como una idea ilusionante, como un tópico paseando en calesa, como un flechazo (de amor), como el amigo que espera, como un bastón de Antonio Gala, como tantas delicadas cosas, por el Guadalquivir al atardecer, por toda la luz de un patio cordobés, motivos por los que volver a Córdoba. 










Incontables son los detalles que regala la ciudad de Córdoba en un paseo cualquiera por sus calles, traigo algunos que me encontré al andar elegidos al azar y sin mucho orden, con luz de día y en la noche, tres culturas entrelazándose por las calles sin atropellos, en abrazo perpetuo: un rincón a media luz, los colores de todas las flores y de sus muros, el empedrado mojado, motivos religiosos y tradicionales, la soledad de las calles, Córdoba al fin retratada en algunos de sus detalles y en dos series de fotografías tomadas en diciembre de 2010. Uno siempre encuentra un motivo para volver a Córdoba y seguir descubriendo la ciudad, gozar con su espíritu, sus paisajes, sus gentes y su gastronomía. 
























