Un viaje de cuatro días me lleva al encuentro de unos paisajes y unos pueblos que me resultan amables y cercanos, envueltos en calma y silencios como valor añadido a su naturaleza, gentes, gastronomía, costumbres, arte y cultura, es la Comarca del Matarraña, el Matarranya.
En uno de sus viajes literarios a pie, Josep Maria Espinàs relataba en A peu pel Matarranya (Ed. La Campana, 1996) su experiencia recorriendo varios pueblos de la comarca. Poco antes de mi reencuentro con esas tierras leo sus siempre interesantes apuntes. En su narración busco y encuentro algo de luz con la que enriquecer
previamente mi camino al tiempo que me familiarizo con ese entorno conociendo algunos detalles de interés. Los apuntes de ruta de Espinàs no pretenden ser una guía, el escritor y caminante vive y refleja el territorio y sus gentes en las distancias cortas, al ritmo que marca su aproximación en cercanía y sin prisas, dejando su personal huella en sus paseos a pie, una hermosa forma de viajar.
De mis recuerdos de la infancia conservo colores y sensaciones de los paisajes del Matarraña, una comarca fronteriza enclavada en la provincia de Teruel y que habla en catalán en su intimidad mucho más que Barcelona, es el Matarranya. Tengo un recuerdo dulce y vago de ella en mi pasado, pinceladas suaves que permanecen a pesar de que no fuera ese mi destino final en aquellos pausados tránsitos veraniegos, era una tierra de paso en la ruta por carretera de mis viajes familiares desde Barcelona hasta Andorra de Teruel.
La velocidad a la que se circulaba por aquellas estrechas carreteras de curvas de los años 70, lentas y rudimentarias, concedía un interesante tiempo que permitía la contemplación de los campos y pueblos que se dejaban observar desde la ventanilla del coche, pasaban lentamente, aún hoy quedan algunos trazos de la antigua ruta que permiten comparar ambos recorridos, dos mundos bien distintos.
Hoy el tiempo transcurrido redibuja ese pasado y me devuelve sensaciones en ocre de hitos en sus parajes, siempre envuelto el aire en olor a romero y a tomillo, a veces llegaban aromas a tierra mojada tras una lluvia inesperada, una tierra que desde entonces me llama en la distancia, pasados los años me decido a ir a su reencuentro, una cita aplazada hasta ahora.
De esos viajes que parecían no tener fin, recuerdo que en ocasiones parábamos a la sombra de una fuente que se encontraba junto a la vieja carretera cerca de la ribera del río Algars, límite entre Catalunya y Aragón y afluente del Matarraña, un alto en el camino. Un bocadillo de tortilla resultaba un bocado delicioso, con sus sabores potenciados tal vez por el aire limpio que envolvía la escena y por la excitación del viaje ante emociones que suponían un cambio en la vida cotidiana de aquella niñez.
De Calaceite (Calaceit), mi destino final hoy, recuerdo una visión mínima desde la carretera general que cruza su parte baja, eso es por lo poco que se descubre al paso del forastero, al igual que otras poblaciones Calaceite esconde sus tesoros mejor guardados calles arriba y entre sus montes. En mi memoria algunas estampas lejanas de paisanos que retornan en tonos sepia, de ancianos que parecían mucho más ancianos que los actuales, de campesinos ocupados en sus labores, de pastores y ovejas a lo lejos. Son imágenes dulces de paso como haces de luz cálida y de felicidad que guardo desde entonces.
En mi corta estancia en la comarca, Calaceite es el punto de partida hacia otros pueblos y paisajes del Matarraña, una visita parcial y que merece ser completada en otra ocasión, Calaceite tiene además de su pueblo, lugares tranquilos que derrochan contagiosa serenidad en su ambiente, como las ermitas de San Cristóbal y de Santa Ana y el poblado ibérico de San Antonio, un lugar mágico en muchos aspectos que contaré en otro post. Además de
Calaceite y algunos de sus parajes, en esta ocasión visitamos la bella Valderrobres (Vall-de-roures), la principal población de la comarca, también nos acercamos hasta Beceite (Beseit), rodeado de una naturaleza y unos paisajes espectaculares, paseamos por el Embalse de Pena que recoge las aguas del corto cauce del río Pena, un rincón lleno de calma. Completamos la visita parcial a la comarca con un acercamiento a los bonitos pueblos de La Fresneda (La Freixneda), Monroyo (Mont-roig de Tastavins) y Ráfales (Ràfels). Acompañan al artículo algunas imágenes que tomé del lecho del río Matarraña a su paso por Valderrobres.
