

CASA LEOPOLDO
CARRER SANT RAFAEL Nº 24 BARCELONA
Con motivo del 70 aniversario de la inauguración en Barcelona del Restaurante Casa Leopoldo, el 11 de julio de 1936, unos días antes del inicio de la Guerra Civil, Xavier Mas de Xaxàs le dedicaba un artículo en el diario La Vanguardia (11-7-2006)contando su ya larga historia de la que copio buena parte, decir que uno de los personajes asiduos que cita Mas es Alberto Puig Palau, en quien Serrat se inspiró para componer su canción "Tío Alberto", se inicia el relato con Leopoldo Gil, un turolense que llegó a Barcelona en 1917, origen del nombre del restaurante, pero fue su hijo Germán quien le montó una bodega a su esposa Elvira, que pasó luego a ser casa de comidas en una callejuela de lo que entonces era el Distrito V, luego Barrio chino, y ahora es oficialmente el barrio del Raval, aunque en tránsito de llamarse "Rawal" en honor a sus muchos nuevos vecinos procedentes de Pakistán y Marruecos.
Cuenta Mas de Xaxàs en su artículo que: "...el barrio chino era donde los ricos y los pobres con deseos ocultos acudían en busca de sedimentos emocionales, uno de ellos era Alberto Puig Palau, un burgués con una fortuna al servicio de Epicuro y amistades en todos los mundos. Acogió a Germán Gil, y Germán Gil, según recordaba su hija, aprendió que, puestos a romperse los cuernos trabajando, era preferible hacerlo para la gente rica. "Puig Palau enseñó a mi padre muchas cosas, como que los tomates se servían pelados". Pelar tomates en una taberna donde el vino se servía en porrones y la boca se limpiaba con la manga era una excentricidad que, sin embargo, funcionó. Puig Palau tenía muchos amigos, gente que podía comer pollo relleno y marisco todos los días, y que, poco a poco, fue pasando por Casa Leopoldo.
Eran los años cincuenta. Germán se había casado con Rosa, la chica de las legumbres cocidas en la tienda del portal de al lado, su novia desde los 15 años. La abuela Rosa, con 82 años cumplidos, recordaba ayer a la envidiosa que le dijo que Germán le sería infiel. "Prefiero compartir un bombón -le contestó ella- que tener un mierda para mí sola".
La abuela Rosa trabajaba en la cocina mientras Germán se divertía en la sala. La cocina era el destino natural de las mujeres de la familia hasta que Rosa, la hija de Germán y Rosa, demostró que en la sala era mucho más útil que en el sótano. "Había acabado el bachillerato. Fui la primera de la familia con algún estudio. Hablaba francés. Lo había aprendido acompañando a mi padre a ver toros por el sur de Francia". Al abuelo Leopoldo y al tío Vicente no les hizo gracia pero tragaron. Rosa Gil fue haciéndose con las riendas. Su padre le daba los consejos -"no pidas nunca un crédito"-, le enseñaba lo que había aprendido en sus viajes por Europa y frenaba el machismo y la tozudez de Leopoldo y Vicente. Llegó entonces la segunda época dorada del restaurante. Franco se moría. Manuel Vázquez Montalbán, Juan Marsé, el Perich y Joan de Segarra, entre otros abrían ventanas desde las páginas de Por Favor y, después de escribir, comían y se emborrachaban en Casa Leopoldo.
El restaurante ya era literario, además de torero y farandulero. André Pieyre de Mandiargues lo mencionó en El Margen, la novela que ganó el Goncourt en 1967, y Jaime Gil de Biedma le escribía poemas. Del Liceu seguían escapándose hombres durante los entreactos. Huían del brazo de putas más o menos finas y, antes o después del acto, se sentaban frente a una fritada de San José: lenguado, rape, merluza, gamba, langosta y langostinos. El pescado, hoy igual que entonces, llegaba de la Boquería, de puestos como los de Rosita y Mariano. Estaban luego los callos, el rabo de toro y los pies de cerdo, guisos que hoy son una de las contribuciones más importantes de Casa Leopoldo a la gastronomía catalana.
Rosa Gil se casó con un torero portugués, José Falcón, pero a los ocho meses de matrimonio un toro se lo llevó por delante. Fue el 11 de agosto de 1974 y, desde entonces, no ha muerto otro torero en La Monumental.
Rosa resistió los años de la droga dura y la degradación extrema del barrio chino. Aunque Pepe Carvalho, el detective que inventó Vázquez Montalbán, iba con cierta frecuencia, el negocio probablemente se hubiera ido a pique si Barcelona no hubiera organizado los Juegos Olímpicos de 1992. "Aquello nos salvó", reconoce Rosa Gil.
Ahora que Carla, la hija de Rosa Gil y José Falcón, ha cogido el relevo, el Raval es musulmán, la burguesía ha cambiado de ambiente y las noches son de los turistas. Frente al 24 de Sant Rafael, Barcelona sigue,por tanto, mostrándose tal cual es. Casa Leopoldo conserva el poder, mágico, tal vez, de leer el presente con la claridad de un vidente." (artículo La claridad del vidente, X. Mas de Xaxàs, La Vanguardia).
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Por su parte MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN también escribió hace unos años un artículo en El País en relación a Casa Leopoldo:
(EL PAÍS, Cataluña, 6/6/1999)
La única revolución cultural de fondo que ha aportado la democracia en España ha sido la recuperación de la memoria del paladar, que goza de mucha mejor salud que la memoria histórica. Detrás del objetivo de salvar las señas de identidad, la que más se ha salvado es la gastronómica, y entre aquel páramo de cocinas esenciales que fue la España del hambre o del boom económico de los dos o tres franquismos hasta ahora censados y la oferta gastronómica actual, media la voluntad de que el placer sea cosa de este mundo. Hay restaurantes y restauradores que luchan por las estrellas de la Guía Michelin o por las buenas puntuaciones de las guías españolas, y otros consiguen la inmortalidad gracias a su condición de ser algo más que un restaurador o un restaurante, gracias a que forman parte de un paisaje de la memoria o de un imaginario.
Si el viajero no quiere alejarse demasiado del corazón mítico de Barcelona, el barrio chino, puede irse a comer a Casa Leopoldo, donde la mejor consigna es decir: "Vengo de parte de Pepe Carvalho y póngame lo que ustedes quieran". La tenacidad de Casa Leopoldo contrasta con la mudanza de un barrio en plena reforma en el que la piqueta quita las varices de sus viejas prostituciones y extermina poco a poco lo que fueron ingles de la ciudad cuando Jean Genet ejercía por estas calles de ladrón y homosexual (Le journal d'un voleur). Cliente de Casa Leopoldo, el escritor André Pieyre de Mandiargues escribió cerca de allí Au marge y se le ha dedicado una plaza en el corazón del barrio chino, muy cerca de su restaurante de altos vuelos que fue leyenda por la cantidad y la calidad, leyenda desde el interior del propio barrio, donde siempre supimos que era un restaurante que nos representaba, pero al que sólo podíamos ir una vez en la vida, hasta que los tiempos cambiaron colectiva o personalmente, dentro de lo que cabe.
Heredero del señor Leopoldo fue su hijo Germán, torero de posguerra para no ser víctima de la propia posguerra, pero del oficio le quedaron los azulejos que decoran el comedor y una elegancia personal de paseíllo y vestuario que Germán lució hasta el final. Sin haber pasado por ningún master de hostelería, Germán ha sido el maître más elegante de Barcelona, de una elegancia no empalagosa, de la que nace de conceder al cliente la condición de ser humano inteligente y no de idiota con cartera. Verle avanzar por entre las mesas era asistir a una exhibición de faena de muleta, percibible incluso por los antitaurinos. Heredó el restaurante una clientela mestiza de gentes del barrio con posibles, artistas del espectáculo y capadores de oraciones compuestas, es decir, escritores, esas tiernas criaturas buscadoras del octavo día de la semana y del sexto sentido que finalmente suelen conformarse con lo que les echan el tiempo y el espíritu.
Si he hablado de Pieyre de Mandiargues como comedor de fondo de Casa Leopoldo, no evitaré autocitarme junto al por tantas razones malogrado Perich (¡qué falta nos hacías en esta guerra, Jaime...!), Eduardo Mendoza, Juan Marsé, Joan de Sagarra, Maruja Torres, Terenci Moix..., casi compañeros de quinta bioespiritual que encontramos en Casa Leopoldo una de las patrias de nuestro esencial mestizaje. Y si cito a mis a veces compañeros de mesa, no quisiera que se dieran por excluidos todos aquellos espíritus sensibles que van a Casa Leopoldo en busca de su imprescindible cocina del pescado y otros bestiarios culturalizados por la piedad e hipocresía de la cocina, esa coartada de tanto asesinato.
Rosa Gil, ahora al frente de los destinos de esta pequeña patria de un barrio chino bombardeado por los misiles inteligentes de urbanistas e higienistas sociales, ha sabido heredar todas las caravanas que han pasado por Casa Leopoldo. Hija, mujer de torero, el no menos malogrado torero portugués José Falcao para los portugueses, Falcón para los de aquí, ha conseguido integrarnos incluso a los que tenemos una actitud hostil, hostilísima, ante la fiesta, que algo tendrá si personas de la solvencia de Rosa Gil la conservan en los azulejos y en el corazón. Con esta mujer, Casa Leopoldo se incorpora a un siglo venidero en el que las mujeres tal vez no se apoderen tanto de nosotros como del mundo. Y a mí me da igual, con tal que creen patrias sucedáneas. Algo así como un restaurante que sabe a esencialidades. Algo así como Casa Leopoldo.
Homenaje a Manuel Vázquez Montalbán en Casa Leopoldo(El País,14-1-2004)






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