La historia de Peñíscola, una población a orillas del Mediterráneo al norte de Castellón de la Plana, cambió como la de muchas otras ciudades costeras en los primeros años setenta, cuando la eclosión del negocio turístico hizo cambiar su fisonomía, pescadores y agricultores vieron el cielo abierto ante la nueva fuente de ingresos, y cambiaron redes y huertos por el negocio inmobiliario y la reventa de parcelas.

Peñíscola conserva su cogollito de encanto, ese antiquísimo núcleo con el Castillo del Papa Luna presidiendo la diminuta península en la que se enclava la histórica población, y a continuación una kilométrica playa bien restaurada con toneladas de arena para poder acoger a los miles de turistas que llenan sus decenas de hoteles y apartamentos turísticos alineados en primera línea de mar, haciendo sombra a lo que un día fue una costa virgen y desierta.

Recuerdo mi primera visita al lugar en la mitad de los años setenta, cuando en la playa sólo se intuía parte de lo que después vendría, esparcidos cuatro bloques entre huertas, huertas que ahora conforman una completa urbanización sin huecos entre Peñíscola y la población vecina de Benicarló.

Peñíscola tiene una histórica relación con el mundo del cine , ya desde 1914 se convirtió en escenario de rodajes, y la cita cultural anualmente corresponde al Festival de Cine Comedia de Peñíscola que conmemora el rodaje en la población de un clásico del cine español: "Calabuch" de Luis García Berlanga, este año se conmemora el 50 aniversario del rodaje.
También se rodó en este promontorio del mediterráneo El Cid de Anthony Mann, en 1961. Algunos aún recuerdan a Charlton Heston cabalgando por la playa (entonces todavía intacta). Como curiosidad para cinéfilos esta es la relación de los rodajes en Peñíscola:

1914 Ana Cadova -Fructuós Gelabert y Otto Mullhauser
1955 La vida es Maravillosa - Pedro Lazaga
1956 Calabuch - Luis García Berlanga
1960 Los Bucaneros del mar Caribe - E.Martin
1961 El Cid - Anthony Mann
1962 Todos eran culpables - León Klimonski
1967 ¡Jo, papa! - Jaime de Armiñan
1978 Alucinaciones - Jorge M.Darnell
1982 El hijo del cura - Mariano Ozores
1984 El cura ya tiene hijo - Mariano Ozores
1984 Fuga de la Isla del diablo (Producción EE.UU)
1990 Tramontana - Carlos P.Ferrer
1994 El día nunca por la tarde - Julián Esteban
1995 Tierra - Julio Médem
1999 París-Tombuctú - Luis García Berlanga

Tras este recordatorio cinematográfico, decir que aunque la primera línea de mar esté ya rendida al turismo de "sol y playa" sin posibilidad de vuelta atrás y que incluso el turismo empieza ya a trepar por el monte (ver la descontrolada urbanización que se ve en la imagen), todavía queda tras los bloques un vestigio de la huerta que conformó el paisaje pre-turístico y que esperemos que los responsables políticos se dignen proteger y no se siga destruyendo el medio ambiente sin criterios de un futuro digo para este lugar ya bastante castigado por la especulación.

En fin, un lugar recomendado para quien guste de un revolcón de sol y playa, con paseíto a la orilla del mar y recorrido con encanto por las calles que rodean al Castillo, eso sí, acompañado de otros miles de veraneantes.

Y un poco de historia, muy interesante:

Según cuentan en "Todo Peñíscola" en una época en la que los pueblos sufrían constantemente el asedio de sus enemigos, dominar un peñón amurallado situado en medio del mar era jugar con ventaja. Si a esto le añadimos el hecho de que dentro de las propias murallas existen abundantes manantiales de agua dulce, la conclusión es que al sustantivo “fortaleza” se le une el adjetivo de “inexpugnable”.
Por allí pasaron íberos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, musulmanes… Dice la tradición que Aníbal vivió al abrigo de sus muros varios años, y fue aquí donde juró odio eterno a Roma. Los 500 años de dominación musulmana la convirtieron en un importante puerto y fue dotada de las primeras infraestructuras de defensa. Jaime I, denominado “El Conquistador”, no pudo hacer nada sino negociar a cambio del respeto para sus pobladores, otorgándole carta puebla con fuero de Valencia en 1250.

A partir de entonces, la Orden del Temple primero, y posteriormente la de Montesa, se encargaron de reforzar las murallas, sabedores de la importancia que representaba su dominio.
Pero, sin duda, Peñíscola es conocida por haber sido, junto a Avignon y Roma, una de las tres sedes pontificias que ha tenido la historia. El Maestre de la Orden de Montesa donó el Castillo a Benedicto XIII, más conocido como Papa Luna. En esos momentos de gran confusión en la Iglesia Católica, el Papa Luna, sucesor de Clemente VII, junto a su séquito, decidió refugiarse en esta fortaleza.
Desde aquí sufrió el abandono y traición de casi todos sus fieles, hasta que murió, en 1423, convencido de que él era el legítimo Papa. La leyenda habla de que durante una apresurada huída esculpió en tan sólo una noche las escaleras de piedra que se encuentran detrás del Castillo y en la labor perdió su anillo. Pero esto es leyenda, no historia, y por tanto no tiene veracidad, a menos que alguien encuentre ese anillo...
Tras cinco siglos posteriores de guerras, es a finales del XIX cuando empieza a transformarse en lo que es en la actualidad y a otorgársele los méritos que merece: además de ostentar, entre otros, el título de “Muy noble y leal, fidelísima ciudad de Peñíscola”, la ciudad fue declarada en 1972 como “Conjunto monumental histórico-artístico”.
Hoy, al pasear por sus calles, sentirá el abrigo de la fortaleza, y comprenderá, cuando se encuentre en lo más alto del Castillo, qué hizo a personajes tan ilustres sentirse tan protegidos entre sus muros.