Lluís Llach se despide sin nostalgia
El cantante celebró ayer en Verges, su pueblo natal, su último recital masivo
El País
MIQUEL JURADO - Verges - 25/03/2007
Foto: Pere Duran
Cinco mil voces cantaron L'estaca en la madrugada del viernes para despedir a un Lluís Llach que voluntariamente no ha querido sobrepasar la mítica cifra de los 40 años de carrera profesional.

Otras 5.000 voces, distintas pero igualmente calurosas, le recibieron ayer al grito de ¡Lluís, Lluís! Una larga ovación de la que se desprendían sones de esa Estaca que el cantautor ampurdanés no ha querido cantar en estos conciertos finales celebrados en Verges, tal vez como símbolo de que la suya no ha sido una despedida al uso.

Lluís Llach dijo definitivamente adiós a los escenarios en la madrugada de ayer muy cerca del lugar en el que nació, rodeado de amigos y con el cielo cargado de estrellas de su Empurdà intuyéndose sobre sus cabezas. Mirando hacia atrás no podía ser de otra manera y a caballo de esa coherencia tampoco esa noche tenía que haber sonado L'estaca como no sonaron La gallineta o El bandoler. Hubiera sido otro Llach, el que ayer dijo adiós lo hizo con el mismo concierto que ha venido ofreciendo en este último año en diversos puntos de la geografía peninsular (presentado con el significativo título de i., y punto) y sólo al final del recital algunos temas, no los más emblemáticos, pusieron un cierto toque de controlada melancolía.

Y rompiendo esquemas, no los suyos sino los de casi todos lo demás, Lluís Llach se despidió estrenando una canción totalmente nueva que ha titulado precisamente Verges 2007, en la que recoge sus impresiones íntimas más recientes. Tres días después de que se cumplieran los 40 años exactos de su primera irrupción, tímida según las crónicas, sobre un escenario, Llach cerró suavemente la tapa de su piano sin recrearse en su propia nostalgia. En realidad, Llach levaba ya un año despidiéndose, han sido muchas despedidas, la de ayer simplemente fue la última.

El último adiós comenzó con sus 10 minutos de retraso ritual a los que se añadieron la larguísima ovación de bienvenida que el cantante recibió con su habitual media sonrisa de complicidad y tímida resignación. Los que no se habían mostrado nada tímidos fueron buena parte de los 5.000 asistentes que pocos minutos antes habían dedicado una estruendosa pitada cuando el presidente de la Generalitat, José Montilla, hizo su entrada en el patio de butacas. Sonoro abucheo seguido de gritos de "¡Fora Montilla!" que el presidente aguantó con estoica sonrisa. Pasqual Maragall y Artur Mas, entre otros políticos autonómicos presentes, pasaron más inadvertidos sin despertar reacciones.

Vestido de negro con un gorrito de punto cubriéndole la cabeza, escudándose tras su piano y rodeado de gran cantidad de cajas de cartón blanco, Llach comenzó su concierto con el tema Geografía. Saludó a los presentes y a los que seguían el recital por televisión, en especial a los que lo hacían desde la Comunidad Valenciana, en donde parecen peligrar las emisiones de TV-3. "Valencia es también mi país", afirmó el artista. Los músicos se fueron añadiendo poco a poco hasta redondear ese sonido acariciante y poderoso del Llach de los últimos tiempos.

El de ayer fue un recital largo y denso. Llach habló mucho más de lo habitual, que ya es mucho, en cada una de las presentaciones y cargó todos sus parlamentos de fuerte contenido político y social. Explicó anécdotas de la predemocracia y saludó la labor del colectivo Salvem l'Empordà y de Médicos sin Fronteras, que recibirán los beneficios de ambos recitales.

"Sabía que tendría que llegar este momento y sabía que tendría que ser aquí, en Verges", dijo al principio. Y después vino esta larga despedida sentida en la que no se empleó nunca la palabra adiós.

Lluís Llach llena de emociones el aire de Verges
LUIS HIDALGO - Verges - 24/03/2007

Bajo las ocho estrellas azules que en lo alto de la carpa marcaban sus puntos más elevados, la imagen de Llach se recortó en una de las pantallas que flanqueaban el escenario. Pasaban siete minutos de las diez de la noche. Una atronadora y calurosa ovación que debió de oírse incluso en el distante centro urbano de Verges provocó el primero de los rendidos agradecimientos que Lluís Llach, que comenzó con los versos de Geografia, dirigió a su público, las primeras 5.000 personas que asistieron ayer al primero de sus dos adioses. El público, hecho un ovillo de emociones, vivió una de esas noches marcadas por la singularidad. Como por ejemplo cuando Llach evocó a su madre al presentar Un núvol blanc.

Una despedida humilde
Lluís Llach evitó en lo posible la nostalgia en los conciertos de despedida que ha celebrado en Verges
LUIS HIDALGO - Verges - 25/03/2007

En las afueras de un pequeño pueblo situado lejos de casi cualquier parte menos de la geografía emocional de quien se despedía. Allí marchó Lluís Llach para despedirse, para hacer un mutis mucho menos concurrido de lo que le habían pedido -se habló de un Camp Nou apoteósico- y así mantener vinculación con sus raíces, al fin y a la postre matrícula de identificación que se lleva de por vida. Una enorme carpa situada en mitad del campo, desafiando con su blanca enormidad a la tramontana, marcaba ese punto en que, a partir de este fin de semana, irá vinculado el adiós de Llach a las exigencias de la industria musical. Gracias a él Verges ganó visibilidad sin por ello abandonar sus humildes proporciones.

El estreno de Verges 2007 marcó el final del concierto y tuvo que ser el público quien entonara L'estaca cuando él ya se había ido

Esquivó el pasado, centrándose en su último disco 'i', quizá porque entiende que la nostalgia es un sentimiento que gana en la soledad
La imagen de estas dos noches de despedida, aún más que en el interior de la carpa en la que las cámaras tomaban al vuelo lágrimas deslizándose por las temblorosas mejillas de seguidores emocionados, se produjo por la tarde, en el pueblo que vio nacer a Llach hace 59 años. En uno de los bares, repletos de forasteros que daban cuenta de bocadillos y cafés con los que entonar un cuerpo enfriado por el atardecer, dos ancianos en un rincón del establecimiento miraban con serenidad el ir y venir de la clientela. En sus inmutables miradas parecían indicar que el ajetreo de su bar les impedía escuchar la televisión. Los pueblos, esos pueblos a los que canta Llach cantando al suyo, tienen ese aire de inmutabilidad propiciado por siglos en los que casi nunca ha pasado nada fuera de lo común.

Y este fin de semana pasaban muchas cosas fuera de lo común. Dirigiendo el tráfico había más policía autonómica que cuando se manifiestan los miembros de la Plataforma Salvem l'Ampurdà, receptores de parte de la recaudación de los conciertos de Llach. En los bares se triplicaba el personal, se servían cafés en vasos de plástico y antes de solicitar la consumición era preciso pagarla en caja, igual que en los festivales al aire libre. La iglesia del pueblo, con su espléndido ábside románico, se mantenía abierta incluso habiendo oscurecido y así era objeto de incesantes miradas turísticas, mientras que los lienzos de muralla medieval despertaban constantes admiraciones entre esa marea de bienintencionados e ingenuos aduladores de lo desconocido que se llaman turistas. Todo era igual que siempre, pero Llach había traído forasteros que agitaban la postal.

Luego Llach les agitó a ellos, pero por dentro. Artista singular que a lo largo de su carrera ha sabido decir sus verdades en clave de caricia y no de puñetazo, Llach mantuvo ese aire de singularidad hasta el final. Él sabía que podía sumergirse en la apoteosis, que podía ser allí mismo beatificado por su público, que podía fundir sensibilidades y tersar arrugas acudiendo a un repertorio de intención retrospectiva. Hubiese sido razonable tratándose de su despedida, cualquier otro lo hubiese hecho, pero cualquier otro no es Lluís Llach.

Viviendo el presente como otorgador de vigencia, esquivando el pasado quizá porque Llach entiende que la nostalgia es un sentimiento que gana en la soledad, evocado a voluntad por quien así lo desea, su repertorio del viernes -ayer el concierto fue más largo e hizo alguna concesión más- esquivó muchos lugares comunes y se lanzó a tumba abierta por la actualidad de su álbum i, que interpretó de cabo a rabo. No sólo eso, sino que conmovido por la excepcionalidad del acto, Llach no se resistió a estrenar Verges 2007, una pieza recién compuesta en la que narra sus sentimientos más recientes. Esta continuación natural de Verges 50, una suma de recuerdos de pueblo, insinúa que, por mucho que Llach se retire, la conversión en canciones de sus estados de ánimo e ideas difícilmente se detendrá. Este Verges 2007 marcó el final del concierto y como el público se resistía a marchar sin haber escuchado L'estaca, él mismo la cantó cuando Lluís ya había abandonado el recinto.

Antes habían sonado 19 canciones introducidas con la precisión, ternura y afilada agudeza propias de alguien macerado en un ambiente de capellanes progres. Dirigió dardos a la derecha, a la falta de humanidad de nuestros días, a la globalización de conciencias que extinguen la singularidad, a los responsables de las muertes de Vitoria que le movieron a componer Campanades a mort y a todos aquellos responsables de construir un mundo tan inhumano como el actual.

Pero Llach dedicó mucho más tiempo a las cosas que le gustan; cosas como la dignidad de los exilados republicanos que conoció en Francia; los recuerdos de la infancia con esos martes de mercado en Verges en los que el frío condensaba la respiración de los animales de tiro; esa tramontana que produce una luz inigualable en los insólitos cielos azules del Ampurdán; su siempre presente madre y aquellas piedras que le puso en el bolsillo un día ventoso; los poetas que sirven de faro en los tiempos de confusión y esa Cataluña que jamás ha ganado una guerra importante y que, por lo tanto, existe sin haber precisado destruir a otros... En suma, pensamientos y sentimientos de un hombre que se definió "de izquierdas y nacionalista radical", términos que en él se asocian a defensor de la justicia social y de toda diversidad.

Fue el concierto de un artista en permanente viaje a Ítaca, isla que jamás alcanzará, pero que no le evitará el placer de continuar buscándola. Sabe que Médicos Sin Fronteras o Salvem l'Ampurdà quizá no evitarán más muertes y cemento sobre campos vírgenes, pero se siente obligado a colaborar en lo que entiende resulta justo. Eso es lo que hizo Llach en el primero de sus conciertos de despedida: ser justo consigo mismo y despedirse haciendo el menor ruido posible. Los ancianos que miraban la tele se lo agradecerán.

El hombre al que las canciones se le vuelven himnos
Lluís Llach se despidió definitivamente ayer en Verges de 40 años de actuaciones masivas
AGUSTÍ FANCELLI - Barcelona - 25/03/2007

"Sempre fidel al mateix gest / que em fa senyal d'un obsessiu camí. / Mai no em voldria esclau" ("siempre fiel al mismo gesto / que me convierte en señal de un camino obsesivo. / Nunca me querría esclavo"). Acaso este verso de Geografia, una canción de 1988 con la que Llach ha comenzado sus dos conciertos de despedida, el viernes y ayer, en Verges, la población ampurdanesa que le vio nacer hace 59 años, encierre el mensaje íntimo de este adiós. Para un tipo tímido como él, haber llevado a cuestas sobre los escenarios de medio mundo al personaje Lluís Llach no ha debido de resultarle fácil. Los tiempos de la transición fueron de iluminaciones y redenciones. A él le tocó oficiar de gran muftí de la contestación por una razón: todo cuanto canta, antes o después, se convierte en himno.

El rey Midas de la cançó quiere ahora comer y digerir a su aire, harto de tanta ingesta simbólica colectiva. Y se comprende que haya intentado retirarse en lo más íntimo. Es significativo que como cierre de los dos conciertos haya estrenado Verges 2007, un tema que habla de la sencillez, la ternura y lo bien que se está juntos en ese confortable pueblecito catalán. Intento vano, pues Llach ha vuelto a fracasar en su propio éxito masivo. De hecho, las enormes expectativas levantadas obligaron a programar un segundo recital (él quería dar sólo uno), las entradas se agotaron en horas y la televisión catalana retransmitió en directo el concierto de ayer. Uno no se libra así como así de su propio mito.

Porque el mito, precisamente, se define por lo colectivo. Hay que volver a escuchar el disco de los recitales grabados en enero de 1976 en el Palacio de los Deportes de Barcelona para darse cuenta de ello. Los que estuvimos allí aún olemos a los grises entrando en el recinto bajo una lluvia de improperios. Arreciaban los gritos de "amnistia i llibertat", se pedía la excarcelación de los presos de la Modelo, se encendían mecheros votivos y se hablaba a base de perífrasis, como en las iglesias. Eso sí, vaya unos medios técnicos que gastaba la época: mala toma de sonido, mala mezcla, arreglos justitos, afinación aproximada. No importaba nada, lo que contaba de verdad era sentirse pueblo y eso sucedió cuando a Llach se le quebró la voz y todos nos pusimos a cantar: "No em sap cap greu / dur la boca tancada, / sou vosaltres qui heu fet / del silenci paraules" ["no me sabe mal / llevar la boca cerrada, / sois vosotros quienes habéis hecho / del silencio palabras"]. Milagro, nos sabíamos la letra, la de Silenci tanto como la del Bandoler, La gallineta o L'estaca (tema por cierto que el viernes por la noche no cantó, pero que el público coreó cuando él ya había abandonado el escenario). Al año siguiente, 1977, publicó el disco Campanades a mort, tremendo J'accuse sobre la matanza de cinco trabajadores en Vitoria, el 3 de marzo de 1976, y que el año pasado, 30 después de los hechos, Llach volvió a interpretar en la ciudad vasca. Pero aquel disco contenía también Cançó d'amor, un tema intimista y doloroso en que el poeta hablaba de la homosexualidad, algo nada fácil en 1977. Pues bien, también esa canción, sin ánimo alguno de grandilocuencia, se convirtió en him-no primerizo de la liberación gay.

Lluís Llach puede dejar los escenarios y abrirse nuevos caminos -asegura que seguirá componiendo-, pero lo que ya nunca podrá lograr es que sus canciones dejen de ser himnos. Su Estaca lo fue del sindicato polaco Solidarnosc y lo sigue siendo del equipo de rugby de Perpiñán. A esa canción le ha ocurrido lo mismo que a La marsellesa: muchos no saben por qué, ni cuándo, ni dónde fue escrita, pero la siguen cantando porque la identifican con la libertad. Un honor que merecen muy pocas canciones.

MI DESPEDIDA DE LLUÍS LLACH