Y volvemos de nuevo a nuestras rutinas, a nuestras calles de cada día, a nuestro cielo, dejamos atrás nuevos paisajes que nos sedujeron, pueblos en paz, bellas ciudades vividas en nuestros zapatos, nuevas vivencias que sumar a nuestros días.

Inicio aquí un repaso de mis paseos por la isla de La Palma, caminos de sensaciones naturales tras trece días de tranquila estancia, de allí me traigo toda la armonía que allí se respira y su paleta viva de colores en los elementos que conforman su paisaje.

Entre verdes y ocres, tierra de contrastes envuelta delicadamente en azules, sus cumbres y barrancos, playas negras, volcanes, bosques, las casitas que salpican colinas, vientos en la cara, nubes que acarician en cascada las laderas de la cumbre, vistas de ensueño, el dulce acento canario, unos sabores únicos, una manera de vivir, una isla, mi verano de 2007.

La Palma es una delicia de impresionantes desniveles que acaban finalmente sumergidos en el mar que la rodea, cientos de metros llevan de las mayores cumbres a los acantilados azules de sus costas en pocos kilómetros, esta tierra volcánica seduce con sus encantos.