Mi reencuentro con Zaragoza se produce nada menos que veinte años después de mi anterior visita a esta ciudad que forma parte de mi biografía personal.

En la capital aragonesa pasé un año de mi vida entre marzo de 1987 y marzo de 1988, en aquel tiempo en el que la ciudad tenía para mi un color verde militar y yo formaba parte de ese paisaje temporal: bocadillos de calamares y de tortilla de patata, cervezas a litros en El Tubo y en El Rollo, diversión juvenil y experiencias en los locales de Doctor Cerrada y Leon XIII, borracheras, vida cuartelaria, amaneceres rojos bellísimos, fiestas del Pilar, visitas a la Virgen, atardeceres rojos a orillas del Ebro, un año de soledades y reflexión en un momento de grandes cambios y fundamental en mi vida, un año dominado por la imposición en una actividad que nada tenía que ver conmigo ni con mis principios más básicos, un tiempo inútil para mi trayectoria personal, una experiencia obligada en un entorno humano que prefiero no recordar...pero todo ello y por supuesto totalmente al margen de la ciudad que tuve la suerte de conocer y que llevaré siempre conmigo, y que ahora y aquí vuelvo a recordar.

En este breve reencuentro con la ciudad de Zaragoza en la primavera de 2008 me he reconciliado con sus calles, con su aire renovado por un agua de mayo que ha purificado mis recuerdos y que me ha devuelto la ciudad amable que siempre fue.

Una ciudad que ha ido mejorando en todo este tiempo y que está a punto de vivir uno de sus momentos más brillantes de aquí en un mes, a partir del 14 de junio y hasta el mes de septiembre, la celebración de su Expo dedicada al agua, acontecimiento que está cambiando en parte la piel de la ciudad, y que en estos días acaba sus obras y maquillajes en algunos de su principales edificios.

Un sentimiento positivo recorre el espíritu de los zaragozanos en el ambiente previo a esta gran cita en la historia cívica de Zaragoza, con el río Ebro que será su nueva calle mayor y el agua como grandes protagonistas del evento.

Traigo algunas imágenes de la ciudad que me recibió con abundante agua de mayo, momentos de lluvia que aproveché para retratar la ciudad vacía, el escenario que habitualmente es un espacio ciudadano vivo, animado y lleno de humanidad. Una visión en cierto modo poética de Zaragoza remojada en lluvia.

En este primer posteo podéis ver los alrededores de la Basílica de la Virgen del Pilar, el Ayuntamiento, la Catedral de San Salvador o La Seo, el monumento a Goya, la calle de Alfonso I, la Basílica del Pilar desde el río... Esta serie va dedicada con todo el cariño a mis familiares aragoneses y a todos los lectores de Aragón.