Los que seguís mis artículos conocéis mi pasión por retratar ciudades solitarias, vacías de gente en las calles, la ciudad escenario en sus ausencias en días especiales, y nada mejor que un día de lluvia para captar esos instantes de tranquilidad libres de multitudes, momentos que resultan casi mágicos en una gran ciudad y de los que disfruto especialmente, una mayúscula delicia urbana y poética.

Mi reciente estancia de cuatro días en Madrid me brindó un día de lluvia de abril en el que poder darme el gusto de pasear por sus calles casi vacías, una experiencia nada habitual en sus animadas y concurridas aceras que andan siempre repletas de transeúntes día y noche al sol o a la luz de sus farolas, en horas libres de paraguas.

Así, fue un placer disfrutar bajo la lluvia de ese Madrid remojado y gris, un Madrid de antiguas aunque renovadas e impecables calles adoquinadas, de reflejos húmedos, bello en su arquitectura histórica en un paseo desde su magnífica Plaza Mayor y alrededores, pasando después por la Calle del Arenal y llegando hasta la Plaza de Oriente con su flamante Palacio Real, un Madrid bajo la lluvia, con paraguas y con aires de primavera, sin prisas.

De esta manera inicio una serie dedicada a algunos de mis paseos por los encantos de Madrid, una vez más...