En la ciudad de Vannes (Gwened en bretón, Vann en galó o brito-románico, las otras dos lenguas de la Bretaña) pasé mis primeras noches en mi recorrido por la Bretaña francesa, fue sin duda una buena elección, coqueta capital del Departamento de Morbihan en la costa sur bretona, enmarcando el fondo del Golfo de Morbihan, bien resguardada tras su puerto en una bahía muy cerrada, el golfo es un universo de pequeñas islas bien protegidas del Atlántico por la caprichosa configuración de sus costas que se abren al océano en el estrecho situado entre Port-Navalo y Locmariaquer.
Vannes conserva su casco histórico medieval amurallado, muy pintoresco con sus viejas construcciones que se caracterizan por sus coloridas fachadas de entramado de madera (maisons à colombage o à pans de bois), con sus calles empedradas que se ramifican alrededor de su catedral de Saint-Pierre, donde se encuentra la tumba del santo Vicente Ferrer, quien murió en la ciudad de Vannes. Precisamente la llamada Porte de Saint-Vincent abre la ciudad vieja a su puerto, dice la leyenda que si un día la estatua del santo situada sobre la puerta bajara el brazo sería el fin de la ciudad.
De momento el brazo del santo sigue en alto y Vannes muy animada en sus cálidos días de verano, delicia un paseo por la ciudad vieja llegando hasta los nuevos muelles de su puerto, por cierto muy activo en actividades náuticas, y donde es posible realizar diferentes excursiones marítimas por las islas del golfo o más allá. Al atardecer es agradable tomar un respiro en la Plaza Gambetta, en una de las terrazas establecidas en forma de anfiteatro con vistas hacia el puerto ordenado, con horizonte de barcos y paseantes entrando en Vannes por la puerta de San Vicente, en dirección a sus viejas calles, todo un mundo intramuros. Y hermosa panorámica del conjunto amurallado de Vannes la disfrutaremos desde los Jardins des Remparts o de las fortificaciones, cerca de donde se encontraba el Castillo de l´Hermine.
Al anochecer la calma se apodera de los adoquines húmedos de sus calles, se vacían las esquinas, y un paseo a la luz de los faroles se convierte en una escena de aire intrigante y novelesco, con trama a elección del lector, solo se oyen los propios pasos y resplandecen en vivos tonos las fachadas de las casas, verde, amarillo, rojos, luz hermosa en este escenario que es la vieja Vannes.














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