Hacía tiempo que le debía un espacio en el blog al pueblo malagueño de Frigiliana, localidad situada en la comarca de la Axarquía. Algunos lugares tienen entrada fácil en este rincón, en otras ocasiones sin motivo aparente aguardan su momento, esperan pacientes en reposo su asimilación, a veces simplemente por cuestión de mi mala memoria, pero finalmente aparecen representados como merecen. Visité Frigiliana (Málaga) en agosto de 2010 y al pasar de los meses, incluso del año, dejo aquí hoy huella de mi recuerdo y de su natural belleza, uno de los pueblos más encantadores de Andalucía.   

Sus casas encaladas, las calles empedradas, cada rincón de Frigiliana está llamado -en el momento más inesperado- a jugar su papel de protagonismo fundido precisamente en la luminosidad del cielo de la Axarquía que lo envuelve todo. El respeto por la arquitectura tradicional y su cuidada recuperación en el núcleo antiguo del pueblo, el mimo con el que se realzan los detalles en el paisaje cotidiano, la inolvidable y entrañable visita a la cálida iglesia de San Antonio de Padua a la que le dedicaremos el próximo post con algunas fotos, en fin, mil y un pequeños tesoros en sus calles. Como a pesar de los cuidados siempre hay cosas mejorables, mencionar que no estaría mal acondicionar mejor los antiestéticos cables eléctricos que cruzan por el aire entre las casas algunas de sus calles más bellas, ya puestos a embellecer todo es posible. 

Frigiliana, promocionada turísticamente como Villa de las tres culturas, es uno de esos pueblos blancos de Andalucía que invitan al paseo y a dejar pasar el tiempo lentamente, a reconocerlo despacio sin perderse los detalles que ofrece cualquier rincón, que nos transmite la sensación de bienestar y de tranquilidad, monumento a la placidez y elogio de la vida sin prisa a caballo de la Sierra de Almijara entre el sur de los olivos y el aire cálido del Mediterráneo en dulces veranos, bendita tierra de calma y de las buganvilias al sol.