LA ERMITA
 

La ermita de la alquería acoge aunque no sea del todo cierta, ilumina el tránsito del viajero que tras su paso se llevará en el corazón racimos de serenidad alpujarreña que permanecerá en su interior imborrable como un recuerdo amable lleno de paz que renueva almas.

Quisiera decir tan solo un hasta luego y sin duda si así lo ha sentido será en el futuro deseo satisfecho del visitante, volver, como fruto maduro llegará.

Hay un espacio cancela ahí afuera bajo un cielo sereno que cae nocturno bajo la luz de un farol, algunas casas perdidas entre el paisaje, uno y más pueblos colgados a lo lejos, una silla vacía, un perro, una sombra al amparo del color del silencio en el estío y todos los trinos de los pájaros, por la noche se rebelan uno a uno cien coros de grillos, finalmente al unísono se adueñan de su canto negro y muestran todas las estrellas de su cielo, no queda espacio entre lo más oscuro, lo más terreno, el dolor callado y ese amor tan cierto que estalla en perfume de nardos, que no se rompa o inundará arroyos y se alborotarán las acequias y los valles y amantes de esta tierra, guárdalo contigo y conmigo.

Quédate a mi vera, silencio, yo te observo también callado en tu propia morada mientras respiro un aire lento de poesía en este instante tan preciso, la tarde se deshace como el calor de agosto que se asoma sin querer mientras un sudor de seda resbala en la piel de las rejas, las cruces se encienden acaloradas y se apagan las últimas velas, tan solo se escucha el vuelo de las abejas al sol  y el canto amigo de la noche cuando llega, la más cierta. 

Detenido el tiempo en este rincón, tranquilamente entre el horizonte, el sol y los grillos de la noche.

En la Alquería de Morayma (Cádiar-La Alpujarra-Granada), 20 de agosto de 2011

© Carles Gracia Escarp